Los altares de Valencia: la madrugada en que un pueblo defendió su memoria
Por: Emilio Gutiérrez Yance
Hay noches que Dios parece escribir con tinta imborrable. Una de ellas descendió sobre Valencia de Jesús en julio de 1967, cuando las campanas de la iglesia comenzaron a sonar con una desesperación desconocida. No era el llamado para la eucaristía, tampoco anunciaban la muerte de algún vecino. Era un repique largo, angustioso, que atravesó las calles polvorientas, estremeció las casas de bahareque y arrancó de las hamacas a hombres y mujeres que salieron sin preguntar qué ocurría. Bastó mirar hacia el templo para comprender que aquella madrugada no estaba en peligro un edificio religioso, sino una parte del alma del pueblo.
Valencia de Jesús era entonces un corregimiento donde la vida se medía por el sonido de las campanas, las cosechas de algodón, los cantos de vaquería y las parrandas que terminaban cuando el sol comenzaba a pintar de oro los montes cercanos. La iglesia ocupaba el centro de la plaza y también el centro de la vida. Allí se bautizaban los hijos, se bendecían los matrimonios, se lloraba a los muertos y se encomendaban las esperanzas de los campesinos. Los viejos altares, levantados muchos años atrás por manos artesanas, no eran simples piezas de madera. Eran la memoria de varias generaciones arrodilladas frente a ellos.
Los rumores habían comenzado a correr desde la tarde. Decían que el sacerdote Francisco de Mendizábal, conocido por todos como el padre Pachito, había dispuesto desmontar los altares para reemplazarlos, siguiendo los nuevos criterios de renovación litúrgica que empezaban a aplicarse en muchas iglesias después del Concilio Vaticano II. Lo que para algunos podía ser una decisión administrativa, para los habitantes de Valencia significaba arrancarle al templo su historia. Nadie estaba preparado para aceptar semejante cambio.
Cuando el primer vecino vio un camión estacionado junto a la iglesia y a varios hombres trabajando alrededor del altar mayor, la noticia dejó de ser un comentario para convertirse en un clamor colectivo. Las campanas terminaron haciendo el resto. En cuestión de minutos la plaza comenzó a llenarse de campesinos, comerciantes, amas de casa y jóvenes que llegaban todavía descalzos. Algunos cargaban faroles; otros apenas una linterna. Todos llevaban la misma determinación: impedir que aquellos altares abandonaran el pueblo.
La tensión creció con el paso de los minutos. Hubo voces elevadas, discusiones y momentos de verdadera incertidumbre. Varios hombres atravesaron sus cuerpos frente al camión para impedir su salida. Otros desinflaron las llantas del vehículo, mientras algunos, dominados por la indignación, propusieron incendiarlo. Aquella madrugada Valencia de Jesús descubrió que la fe también podía expresarse defendiendo la historia. No era una rebelión contra un sacerdote; era un pueblo abrazando aquello que consideraba suyo desde hacía generaciones.
Finalmente, los altares permanecieron en su sitio. El camión nunca salió con la valiosa carga que pretendía transportar y el amanecer encontró a los habitantes exhaustos, pero convencidos de haber protegido un patrimonio que no tenía precio. El episodio dejó heridas entre algunos sectores de la comunidad y la parroquia, pero también confirmó que existen bienes cuya importancia solo se comprende cuando alguien intenta arrebatarlos.
La noticia no tardó en llegar a oídos de un hijo ilustre de Valencia de Jesús. Calixto Antonio Ochoa Campo, nacido el 14 de agosto de 1934, ya era reconocido como un acordeonero brillante y un compositor con la rara habilidad de convertir la vida cotidiana en poesía. Cuando supo lo sucedido sintió que no bastaba con comentarlo en una conversación. Había que cantarlo. Porque los juglares entendían mejor que nadie que una canción podía viajar mucho más lejos que cualquier carta o periódico.
Así nació «Los Altares de Valencia», una obra que convirtió un episodio local en patrimonio del folclor colombiano. Calixto no exageró la historia ni buscó venganzas personales. Hizo lo que siempre hicieron los grandes compositores vallenatos: dejar constancia de un acontecimiento para que el tiempo no lo borrara. En aquellos años, cuando las noticias tardaban días en recorrer la provincia, los acordeones eran también cronistas, y las canciones cumplían el oficio de preservar la memoria colectiva.
No era un hecho aislado. El vallenato llevaba décadas contando la historia de los pueblos. Rafael Escalona había inmortalizado el episodio de La Custodia de Badillo; Emiliano Zuleta y Lorenzo Morales transformaron una rivalidad musical en la inmortal La Gota Fría; y muchos otros compositores dejaron en sus versos las alegrías, los conflictos y las anécdotas de una región donde la tradición oral siempre caminó de la mano del acordeón. Calixto simplemente escribió un nuevo capítulo de esa gran crónica musical del Caribe colombiano.
Con el paso de los años, las diferencias provocadas por aquel episodio fueron quedando atrás. Lo que permaneció fue la enseñanza. Investigadores del folclor y defensores del patrimonio han recordado este acontecimiento como una demostración de que la identidad de un pueblo también se protege conservando los símbolos que lo representan. Los altares dejaron de ser únicamente un bien religioso para convertirse en un emblema de pertenencia y de memoria cultural.
Hoy, cuando alguien escucha «Los Altares de Valencia», tal vez imagine únicamente una melodía más del inmenso repertorio de Calixto Ochoa. Sin embargo, detrás de cada verso siguen resonando aquellas campanas que una madrugada de julio despertaron a todo un pueblo. Siguen caminando los hombres que salieron con faroles, las mujeres que corrieron hasta la plaza y los ancianos que se negaron a permitir que la historia fuera cargada en un camión. Porque mientras exista quien cante esa canción, Valencia de Jesús seguirá recordándole al país que hubo una noche en la que la fe, la cultura y el sentido de pertenencia hablaron con una sola voz, y el acordeón se encargó de que ese relato nunca volviera a quedarse en silencio.


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