Crónica de un turno al bate que nunca debió existir
Por: (DH) Bateador designado
El muchacho jamás había sostenido un bate con intención de futuro. Tal vez alguna vez pateó un balón en una cancha polvorienta, como lo hacen casi todos en estos pueblos donde el sol nace con olor a sudor y resignación. Pero béisbol… béisbol profesional, eso es otra cosa. Eso no se improvisa. Eso se hereda, se suda, se sufre. Eso se trabaja.

Sin embargo, en estos pueblos macondianos —donde lo absurdo se normaliza y lo imposible se aplaude— ocurrió lo impensable. No fue una hazaña deportiva ni una epopeya del talento. Fue, más bien, el resultado de un pataleo infantil, de esos que nacen del capricho y mueren en el abuso del poder.
El hijo de un alcalde del Caribe colombiano decidió que quería jugar béisbol. No aprenderlo. No entrenarlo. Jugarlo. Y su padre, investido no de sabiduría sino de autoridad mal entendida, abrió las puertas que a otros les cuesta años empujar.
Así, sin proceso, sin disciplina, sin merecimiento, el joven apareció en la alineación del equipo de su ciudad. No como espectador. No como aprendiz. Apareció como bateador designado en un partido oficial del Torneo Profesional de Béisbol. Un puesto sagrado para quienes han dejado la piel en los diamantes anónimos de la costa, para quienes conocen el peso del fracaso y la dignidad del esfuerzo.
La reacción no tardó. El mundo del béisbol caribeño —ese que aún cree en la meritocracia y en el respeto por el juego— refutó el hecho con indignación. Y no por envidia, sino por justicia. Porque el joven no tenía condiciones. Porque el béisbol no es un escenario para cumplir berrinches. Porque el deporte no es un juguete del poder político.
Lo que sí quedó claro fue el espectáculo. El circo. La mala imagen. Un turno al bate convertido en símbolo del irrespeto, una burla para quienes madrugan a entrenar, para quienes sueñan con una oportunidad que nunca llega. Ese día no ganó nadie. Perdió el béisbol. Perdió la credibilidad. Perdió la ética deportiva. Y mientras el polvo del estadio volvía a asentarse, quedó flotando en el aire una frase simple, dolorosa y exacta, como sentencia final de esta crónica caribeña:
Qué pena… qué pena.


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