Cuando el uniforme también protege los sueños
Por: Emilio Gutiérrez Yance
El sol caía tibio sobre el barrio El Prado de Magangué y los policías, con el uniforme bien planchado, caminaban despacio, saludando a la gente. No era un día cualquiera. En el ambiente se sentía algo distinto: la curiosidad de los vecinos, los nervios de los niños, un perro que ladraba sin prisa y una alegría callada que se iba colando entre las casas, como cuando pasa algo bueno y todavía nadie lo dice en voz alta.
Allí, entre calles de tierra y casas levantadas a pulso, crecen Samir Rivera Olivera y su hermana Nayeli, dos hermanos que aprendieron desde temprano a vivir con poco, pero a soñar en grande. Su casa no tiene lujos: láminas de zinc por techo y piso de tierra que guarda las huellas del día a día. Lo que sí tiene es aguante, de ese que no se aprende en libros y que con los años se vuelve carácter.
La madre sale temprano a trabajar como empleada doméstica, dejando atrás la preocupación constante de que a sus hijos no les falte lo básico. El padre, revoleador de oficio, se rebusca el sustento diario como muchos en el barrio, esperando que el día rinda. Entre ambos sostienen el hogar y el futuro de Samir y Nayeli, aunque ese futuro a veces parezca frágil, como las paredes de zinc cuando arrecia el viento.
El colegio estuvo a punto de convertirse en una preocupación más. No por falta de ganas, sino por la ausencia de lo esencial: cuadernos, útiles escolares, zapatos para caminar hasta el aula. Lo mínimo para quedarse cuando la necesidad empuja a abandonar.
Fue entonces cuando el uniforme dejó de ser solo patrullaje y autoridad. La Policía Nacional de Colombia, a través de su Policía Comunitaria, llegó sin apuros y sin sirenas, entendiendo que prevenir también es acompañar. Decidieron apadrinar a Samir y Nayeli para evitar la deserción escolar y para que la educación siguiera marcando el rumbo de sus días.
Hubo entrega de kits escolares y calzado, pero también algo que no se ve ni se registra en actas: presencia, escucha y respaldo. Porque permanecer en el colegio no es solo asistir a clases; es sentir que alguien cree en uno cuando el camino se pone cuesta arriba.
El coronel, Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar, lo dijo con palabras sencillas: “Cuando un niño permanece en el colegio, gana su familia, gana la comunidad y gana el país. Nuestro trabajo no es solo cuidar las calles, también es cuidar los sueños que caminan por ellas”.
Ese día, en El Prado de Magangué, Samir y Nayeli caminaron distinto. No porque su casa hubiera cambiado, sino porque entendieron que no estaban solos. Y en barrios donde la vida se construye con esfuerzo diario, eso también es seguridad: un cuaderno fresco, unos zapatos firmes y la certeza de que el futuro todavía se puede escribir.


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